Acababa de volver a KTH después de un año en Madrid. Lleno de memorias, el amor verdadero y un montón de fuerzas nuevas. El bronceado había empezado a palidecer, pero las experiencias todavía permanecían.
Los martes y los jueves comía con Borja y Pablo de Barcelona, para mantener mi español, y los fines de semana escribía cartas a Marielle.
Cuando regresé a Suecia pensé que quizás iba a hacer muchas cosas y acabar mi carrera. Luego vino la vida y la Cruz Roja, que exigieron su atención. Y supongo que me atrapó un poco todo eso. Tardé meses en entender que tenía que volver a Madrid.
Hubo algunos años de cambio para mí – de aparencia y de modo de pensar. El pelo me creció algunos decímetros y yo adquirí preferencia por los vaqueros amarillos. Mis amigos de antes podían haber pasado por la calle sin reconocerme, como si nunca nos hubiésemos conocido. Un poco extraño, pero a la vez mi gran prueba del cambio.
Y quizás siempre he aspirado al cambio. A ser otra persona, crecer, evolucionar... Como si una vida etuviera llena de nacimientos.
Y nunca se llega al fin. Porque cada cambio grande, al final termina convirtiéndose en el comienzo de algo nuevo. Algo que se ha esperado mucho, preparado por mucho tiempo y que luego simplemente pasa.
Evidentemente uno no debería creer que puede controlar su vida.